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Regresan de su viaje de escalada al país africano con dos remarcables aperturas en el zurrón, realizadas con friends, tascones y algún pitón y liberadas a vista: Arenas movedizas (350 m, 7b+/c) y Costa Brava (850 m, 8a).
Isaac Fernández - Martes, 14 de Febrero de 2012 - Actualizado a las 17:34h.
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Etiopía no es un destino habitual para los viajes de escalada, pero el fotógrafo David Munilla tuvo la iniciativa de presentar el proyecto Etiopía vertical a la primera convocatoria del Concurso de Becas BBK para Viajes y Actividades de Aventura. El segundo premio obtenido permitió que Munilla organizara el viaje, con la colaboración del CTAC (Centro de Tecnificación en Alpinismo de Catalunya) de Toti Valés y la participación de dos de sus pupilos: Edu Marín y Marco Jubes. Un desafortunado incidente mientras escalaba dos días antes de la partida no permitió viajar a David Munilla, quien ya está recuperado de la lesión que se produjo.
Quienes sí viajaron fueron los citados Edu Marín y Marco Jubes, acompañados por Toti Valés. Según comenta Marín, la experiencia “ha sido bonita, peligrosa y enriquecedora; hemos aprendido muchas lecciones, tanto profesionales como humanas; se han abierto nuevos frentes y motivaciones en esta modalidad de escalada”. Una modalidad que no es otra que la escalada limpia, abriendo desde abajo y liberando todos los largos a vista. De este modo, y utilizando un material compuesto por “friends, tascones y algún pitón”, se han anotado Arenas movedizas (350 m, 7b+/c) y Costa Brava (850 m, 8a).
Al aterrizar en Adís Abeba, los tres expedicionarios pusieron rumbo al norte del país, en un vuelo doméstico que les llevó a Mekele (distrito de Tigray). En el mismo aeropuerto, les recogió un todo terreno que les llevaría al pueblo de Hawzin, donde se encontraba su primer objetivo: una pared de unos 350 metros, con “roca muy precaria de una arenisca muy blanda, de muy mala calidad, que de cada diez cantos que cogías se te rompían siete”, según comenta Edu Marín, quien apunta que este hecho “hace mucho más peligrosa la escalada, convirtiendo la liberación de los largos en algo agónico”.
Especialmente arriesgado por el hecho de abrir a vista desde abajo y “teniendo en cuenta que, por si cualquier cosa nos hubiéramos hecho daño, hubiera sido la perdición, debido a que en un sitio como este no hay posibilidades de rescate”, señala Edu. Los escaladores se fueron turnando como primero de cuerda en los seis largos, con algún momento más ‘caliente’ de la cuenta, como el que cuenta Edu Marín: “Se trataba de una fisura bastante fácil que subí sin poner muchas protecciones; la fisura se acaba en una especie de saliente o repisa donde empezaba una plancha vertical con pequeñas presas y decidí poner un spit… ¡en 30 segundos había hecho el agujero y podía sacar el spit con la mano! La roca era tan blanda que no podía proteger el largo… Decidí comunicar por radio la comprometida situación a Toti y Marco. Sólo tenía la salida de continuar para arriba y, si me caía o se me rompía algo, podía caer 15 o 20 metros por no haber protegido la parte fácil; les dije que si me caía me tiraría por el lado opuesto del saliente para que la roca me parara la caída como si fuera un seguro”.
“Subí el pie a un saliente, me apoyé para coger una regleta y se cayó entero”, recuerda Edu, quien añade que “me fue de muy poco de caerme por la canal, unos 15 metros hasta el otro seguro… Comprobé más laboriosamente los siguientes agarres y, unos 15 metros más arriba, pude montar la reunión, en un arbolito”. Después de un último largo divertido, a través de “una chimenea que tenías que subir con las piernas muy abiertas y haciendo fuerza con los tríceps”, los tres escaladores alcanzaron la cumbre ya de noche. Con la sorpresa de que allí les esperaba “un monje de 76 años, sentado en una repisa con los pies colgando sobre el acantilado de 350 m… impresionante”.
Al día siguiente, el equipo puso rumbo al pico Samayata (montañas de Adwa), donde estuvieron explorando durante un par de días para encontrar la línea más interesante para escalar en libre. Finalmente, encontraron su objetivo en una pared de unos 850 metros de desnivel que sólo escalaron Marco Jubes y Edu Marín, al sentirse indispuesto Toti Valés.
Tras una aproximación de hora y media a pie al amanecer, empezaron a escalar bajo el sofocante sol africano, del que no se podrían proteger hasta el tercer o cuarto largos de los 16 de que cuenta la vía. La escalada de Costa Brava se divide en dos partes bien diferenciadas: los nueve primeros largos ascienden una arista, y dos rápeles intermedios la conectan con una segunda arista por la que ascienden los últimos cinco largos.
A parte de un susto al desprenderse un gran bloque en un destrepe del tramo intermedio de la vía, las mayores dificultades se encuentran en el largo 12, “el más agónico, con una dificultad de 8a y muy difícil de proteger: creo que sólo pude poner tres o cuatro seguros en toda la tirada de 60 m”. Se trataba de un terreno desplomado, con una serie de pequeños techos: “empecé el largo y a unos ocho metros de la reunión me di cuenta de que sería complicado”, cuenta Edu, “había empezado a subir en diagonal y era imposible recular… Llegué al primer techito, a unos 10 metros de la reunión, y pensé estaba salvado porque imaginé que una vez lo pasara habría encima una especie de repisa… llegué al techito y no había repisa, sino un slab romo sin un solo agarre positivo. Limpié como pude un par de romos y tiré para arriba sin pies, como si de un bloque se tratara franqueé un poco más y puse el primer seguro en una micro fisura”.
Pero, “el largo sólo había hecho que empezar: en los otros 40 metros, las secuencias serían incluso más difíciles, todo súper romo y complicado de autoproteger. Cuando conseguí salir de los techitos, la roca se convirtió en arena como por arte de magia… me rozaba muchísimo la cuerda y todo se deshacía, fue una situación bastante desagradable”.
Después de ese largo, las dificultades volvían a ser mucho menos exigentes, aunque la noche se les había echado encima, ya que “en ningún momento pensamos que esta apertura y liberación sería tan dura ni que tendría tantos metros de escalada”. Optaron por vivaquear en la penúltima reunión, tras varias horas sin agua ni comida: “Fue la noche más dura de mi vida, sin poder dormir por el frío a pesar de estar reventado”, reconoce Edu. A las seis de la mañana ascendieron el último largo y emprendieron un descenso de dos horas y media hasta la base, donde por fin pudieron beber y comer algo.

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